Portugal, desde siempre en nuestros pensamientos.

Nada más convertirnos en SMC, desde Suiza nos transfirieron información sobre candidatos a distribuir SMC en Portugal. Así que en el puente de la Inmaculada del mismo 1990 nos fuimos a Porto. Allí contactamos con varios de los candidatos. Algunos se resistían a negociar con España, en lugar de hacerlo con Suiza. El glamour era menor, pero como no les dimos opción se avinieron a entrar en contacto. Los que más nos gustaron eran una pareja, que habían dejado Atlas Copco, porque había reestructurad sus negociaos; tenían conocimientos de neumática, lo más valorado entonces, y estaban promoviendo una empresa para distribuir alguna marca. Nos recordaban los inicios de SMC a este lado de la península. No tenían dinero ni tampoco ideas claras de gestión de una empresa. Creímos que podíamos cubrir sus carencias y que eran un buen partner para despegar SMC en Portugal.

Establecimos una relación cordial y fluida. Ellos eran un ingeniero, muy ingeniero, al que se le suponía un conocimiento superior, y un personaje con experiencia en ventas de productos neumáticos muy emocional y rápido en sus aseveraciones. La verborrea con la que te avasallaban dejaba entrever todas sus carencias. Pero no cabe duda de que apostamos por ellos.

El ingeniero parecía que controlaba al vendedor, por asignarles un adjetivo, con perdón de ingenieros y vendedores. Sin embargo el propio ingeniero tenia derrapes, en forma de delirios de grandeza, que no tenían base consistente. Bueno, las operaciones se iniciaron, crearon una empresa, a imagen y semejanza de Legaire, iban consiguiendo éxitos y dilatando pagos. Lo consentíamos porque iban cumpliendo metas y porque ya sabíamos que el esfuerzo inversor, en personas e instalaciones, requería de nuestra ayuda.

Confiamos en ellos, aunque conocedores de sus puntos débiles, que reforzábamos con ayuda financiera y a la gestión. El parador de Benavente, punto intermedio entre Porto y Vitoria fue testigo de innumerables sesiones de planificación, gestión y control del desarrollo en Portugal.

Pero no les terminaba de gustar la interferencia, que entendían, en sus negocios. Cayeron en varias tentaciones de atacar otros proyectos, que sin ser contradictorios con el de SMC, les distraían de lo fundamental. Además eran una fuente de pérdidas, que soportábamos nosotros. Recuerdo como Germán les explicó un día la teoría de la bala única, para que se concentrasen en SMC, pero siguieron derrapando. Querían ser grandes, mucho más de lo que SMC les podría haber permitido, que no es poco.

Estaban, al parecer, en contacto con algún vidente que ya les había predicho que SMC iría a elegirles. Les había hablado de que irían a recibir un sobre amarillo que les abriría buenas y nuevas posibilidades de futuro. Cuando fueron elegidos por SMC, a principios de 1991, la comunicación les llego en uno de los sobres que usábamos, eran de color crema, o sea, el amarillo que les había anunciado el gurú.

Las sesiones de videncia las hacían al borde del mar, entre rocas, con los pies descalzos. En una de esas debieron recibir el mensaje de que la relación con SMC no iría a ser positiva. También su cumplió. Dejaron de atender los pagos, con excusas varias, algunas correctas, puesto que empezaron un negocio, de la mano de un socio recién venido de Sudáfrica, que les iba a permitir vender paneles informativos en aeropuertos de todo el mundo.

Las sesiones con ellos pasaron a ser más de control que de otra cosa; y finalmente les impusimos que queríamos cobrar todos los meses una cantidad proporcional a sus ingresos, para no ahogarlos financieramente, pero sin espacio para que financiasen otros negocios, que nunca aportaban, ni tenían pinta de aportar, recursos.

Entre la presión y los vaticinios del vidente se acabó la cuestión. La deuda para con SMC era considerable, no hubo tampoco posibilidades de absorber su empresa, puesto que ellos estaban ya lejos de parecernos cuerdos. Si bien habíamos creído que su historia y antecedentes eran semejantes a los de Legaire, sus delirios sobrepasaban a los nuestros, hasta hacer inviable cualquier posibilidad de construir en positivo.

Acabamos en los tribunales conscientes de que recuperar la deuda era imposible, pero por un prurito de justicia, aunque fuese testimonial. Con la lentitud de la justicia portuguesa varios años más tarde tuvimos una sentencia favorable y una minuta a pagar a los abogados. Para el juicio deje de ser Consejero de la empresa, así pude comparecer como testigo. Una experiencia interesante. Nuestro abogado nos avisaba que en un caso entre una pequeña empresa portuguesa y una multinacional representada por España, el juez tiraría para casa. Pero en mi largo interrogatorio, de parte de nuestro abogado, el de la parte contraria y el propio juez, establecimos, el juez y yo, una corriente de sintonía y complicidad. El abogado propio me hacía preguntas cuya respuesta era tan obvia, que en algunas me salí del guion y dije la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, algo inusual en juicios. El juez quedo encantado. Al final del juicio me hizo un reconocimiento expreso, diciendo que me había mostrado exento de prejuicios. En la sentencia transcribió la metáfora que expuse, diciendo que los portugueses habían matado la gallina de los huevos de oro, que era SMC, debido a su desmedida ambición, más bien ignorancia.

Ya para entonces habíamos iniciado la contratación de personas, la primera en Lisboa; y, el alquiler de local en Porto. Suelo contar que la primera persona que contratamos en Porto financió a SMC. Teníamos que contratar teléfono y luz y todavía no teníamos cuenta en Portugal. Así que Cristina pidió dinero a su padre para hacer los primeros pagos. Me viene a la imagen el momento en que Cristina le pide a su padre, del Minho profundo, que le preste dinero para unos pagos por cuanta de una empresa desconocida. Eso es fe en el proyecto, en ese momento desconocido; o, quizás en mí, la única persona que Cristina conocía.

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