El dichoso factor ALFA. Clave para determinar asignación de recursos a proyectos e inversiones.

A lo largo de mi vida profesional, tan ligada a costes y resultados, me he basado en un factor al que bauticé con el nombre de ALFA, la primera letra del alfabeto griego. Es el resultado de un cociente:

es fácilmente entendible que resultados de ALFA, de menos de uno, indican
proyectos que no merece la pena acometer, es más, es mejor no seguir con ellos, el resultado será negativo. Si el resultado es 1 tampoco, sólo se conseguirá algo equivalente a lo que se invierte, mejor no hacerlo. Sólo a partir de resultados superiores a 1 merecerá la pena, y cuanto mayor sea más convenientes llevarlo a cabo. Esto puede ser válido cuando se puedan encarar varios proyectos y convenga, por las razones que sean, hacer una selección. La determinación de los costes y recursos, el denominador, suele ser relativamente sencilla, se trata de no exagerarlos, ni por lo alto ni por lo bajo. El numerador de la razón requiere un buen análisis, se trata de medir, de forma realista, los objetivos y sus resultados. Aquí la subjetividad puede jugarnos malas pasadas, también la no clarificación de los resultados a corto y los de a largo plazo. En la praxis empresarial se ve frecuentemente como nos hacemos trampas en el solitario. Para justificar una inversión se maximizan sus resultados sin suficiente fundamento; pero también puede pasar que se minimicen por falta de una visión más amplia.

A veces sucede que las circunstancias nos hacen cambiar nuestra perspectiva dependiendo de si los tiempos son bonancibles o por el contrario son de crisis. El análisis es el mismo, debiera de serlo, puesto que es válido independientemente de las circunstancias que nos rodeen en cada caso. No me faltaron oportunidades de ver como se caía en todas las trampas a la hora de decidir inversiones proyectos y asignarle los recursos. A título de anécdota suelo contar una experiencia con los japoneses que puede ilustrar un aspecto de la cuestión. Eran tiempos de crisis y se había hecho campaña por la reducción de gastos.

Con ocasión de una visita a Europea de un Directivo de la Corporación, organice una reunión de responsables financieros europeos, para debatir diferentes puntos de interés común; también una reunión, del director japonés, con altos directivos del banco holandés que era el banco común a todas las SMC Europeas. Del banco holandés nos invitaron a comer en Ámsterdam, acepté la invitación y ya tuve problemas para convencerle que debiéramos ir, que no representaba ninguna corruptela la aceptación de la comida, que seguiría a una reunión de trabajo en el propio banco y que iría a ser en un restaurante normal, bueno, pero nada parecido a uno de los superlujosos estrellados por Michelín. Así que prepare el plan para un apretado día, empezaríamos a las ocho de la mañana con la reunión con los responsables financieros de las SMC, a las once saldríamos para Ámsterdam, estábamos en Amberes, llegaríamos para la reunión
previa al almuerzo; después hacia el aeropuerto para que cogiese el avión hacia Tokio, yo regresaría a Amberes. Para ello contraté un taxi para todo el día, así nos recogería y llevaría puerta a puerta y tendríamos las maletas en él. Como los precios eran los mismos elegí un Mercedes, que menos. El coste 300 Euros. Cuando se lo anticipé me negó el plan, no podía permitir que usásemos un taxi, teniendo transporte público alternativo. Visión de recorte de gastos. Traté de explicarle que no nos iba a salir más caro y sobre todo que resultaría más eficaz, pues nos permitiría cumplir con todos los compromisos. Cerrada negación. Bueno pues cambio de planes. No pudimos asistir a la reunión con los financieros, puesto que había que salir en tren hacia Ámsterdam. Taxi a la estación, tren a Ámsterdam, dejar sus maletas en una taquilla del aeropuerto, taxi al banco, después de comer taxi al aeropuerto, despedida y, en mi caso, retorno en tren a Amberes. Fui sumando mentalmente los costes de todo ello y resulto más caro que los 300 Euros del taxi. Todo por un supuesto recorte de gastos y espíritu de ahorro transmitido. No cumplimos con los objetivos iniciales y nos gastamos más dinero. El cociente ALFA, nos podía haber ayudado a determinar cual era la buena decisión. El espíritu de ahorro, uno de los objetivos de la decisión tampoco se logró, a la vista de los comentarios de los responsables financieros que no entendieron que compartir un tiempo con ellos no era lo suficientemente importante para merecer un gasto, que encima no era tal.

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