VISITAS A JAPÓN Y SEGUNDA VISITA DE TAKADA(1998)

Cada año íbamos a Tokyo para presentar el plan anual y los resultados esperados, era en el mes de marzo. Los japoneses de la central empezaron a ponernos cara. Dado lo tímidos y desconfiados que son nos llevó un tiempo ganarnos su confianza, pero lo fuimos consiguiendo avalados por resultados que eran un calco de los planes previamente presentados y, que no eran precisamente conservadores. La presentación de los planes para el futuro, hasta 5 años, tenían mucha enjundia. Takada los sometía a un rigurosísimo escrutinio y análisis, ante toda una cohorte de oyentes. Para cada sesión le armaban con, aproximadamente, una docena de lápices bien afilados. Con ellos se metía en los datos del plan, a medida que el lápiz iba perdiendo punta lo dejaba a un lado y cogía otro. Si la sesión se prolongaba alguien se preocupaba de que no se acabasen los lápices de punta fina. Eran rigurosos y, en ese sentido, duros; pero al mismo tiempo muy provechosos para nosotros que conocíamos la forma de pensar y actuar de Takada y, por lo tanto, de la Corporación. No faltaban discusiones, en las que entrabamos, sobre todo yo, cuando Takada sostenía algo que no estaba tan claro. Menos mal que Germán me frenaba muchas veces. La contestación a Takada era impensable en ese escenario. Como prueba, en una ocasión Takada hizo una aseveración respecto de un tema que no recuerdo, le objeté poniendo en duda sus palabras; los gestos de japoneses eran evidentes para que me calle. Lo hice. Cuando acabo la reunión me vinieron varios japoneses a decir que yo estaba en lo cierto y Takada equivocado. Al preguntarles porque no lo habían manifestado, me dijeron que no podían hacerlo. Es decir, en la cultura SMC, si el jefe sostiene una opinión claramente errónea y en base a ella se toma una decisión, que será también errónea, nadie va a aclararle al jefe que su idea está basada en datos erróneos. Toda una lección sobre SMC.

Así entendí como les parecía, a los colegas japoneses, que estábamos tan tranquilos ante Takada, cuando ellos estaban, en general, aterrorizados, incluso como oyentes. Me imagino como estarían cuando ellos fuesen los interlocutores directos.

Algunas veces el propia Takada hizo suyos nuestros mensajes, lo cual hacía que nuestro prestigio ante los otros subiese muchos enteros. Especialmente por comparación con otras sesiones de revisión de planes de otras subsidiarias, algunas de ellas acababan con nuestro colega destrozado, por la falta de consistencia de sus planes y/o respuestas. En algunos casos trataban de ganar tiempo proponiendo volver al día siguiente con un plan que pudiera satisfacer a Takada. Se pasaban la noche corrigiendo el que habían llevado, con la presión del tiempo y los efectos del jet-lag, el resultado era muy frecuentemente peor que el inicial. Entonces se producía un espectáculo bastante triste, con un encarnizamiento desmesurado. Eso hacia temblar a los propios japoneses, que trataban de huir de la quema.

Nuestra imagen fue mejorando, los resultados eran espectaculares y esa es la base de la credibilidad, más que planes preparados adecuadamente desde el punto de vista técnico. Cada año nos presentábamos con un plan cumplido y con uno nuevo que todos pensaban que se iba a cumplir, y no porque fueran moderados. Alguno de nuestros interlocutores llego a decir: “los planes de SMC-ES” son aburridos, no tienen emoción, dicen lo que van a hacer y lo hacen como lo han dicho”. Lo consideramos todo un cumplido, a pesar del tono. Algo parecido sucedió cuando el propio Takada nos dijo que teníamos que conseguir unos determinados resultados, más ambiciosos; le dijimos que lo que nos pedía no lo había hecho nadie con anterioridad, ni siquiera en Japón. Picado por ello tiró de informaciones, cuadros y gráficos que rebusco en su despacho; hasta que comprobó, y le refirmaron, que era cierto. Como nunca se rinde sentencio: “en ese caso seréis los primeros en lograrlo” sonreímos de oreja a oreja.

Nuestros colegas japoneses nos reconocieron que en cada sesión con nosotros aprendían, hasta el punto de que nos organizaban sesiones con numerosos japoneses, de diversas áreas de la central, para que les expusiéramos algún tema. Yo personalmente, lo hacía respecto de temas económicos sin que me pareciera algo extraordinario, eran temas archiconocidos en Europa, pero lo recibían como si fuesen la Biblia, es decir con inspiración divina. En Japón y muy especialmente en SMC los empleados entran en la empresa cuando acaban la universidad y allí se quedan, no se mantienen muy al día de la evolución en temas empresariales, además los más veteranos ocupan las jefaturas, así que los nuevos, que podrían aportar lo último tratado en la universidad no son tenidos en cuenta. El resultado: una rápida obsolescencia. Algunas veces me he sentido como los descubridores de América enfrente de los indios.

En el año 1998 recibimos la segunda visita de Takada, también acompañado de su esposa y amigos, además del segundo de la compañía, Sr. Maruyama, hoy Presidente. El prestigio de nuestra empresa empezaba a ser importante en la Corporación, la irrupción y consolidación no tenia precedentes en Europa y muy pocos en otros continentes. La visita fue tan gratificante y amigable como la primera.

La primera visita ya le había dejado un buen recuerdo, la segunda nos salió mejor. Ya nos conocía y teníamos su confianza. Le preparamos un programa mixto, lúdico y de trabajo. Uno de los días los visitantes se dividieron, Takada con Germán visitó Mondragón, la sede de las cooperativas, estábamos asociados a una de ellas en el tema de la Didáctica; Maruyama se quedó en Vitoria, conociendo SMC en detalle. Al día siguiente habíamos programado un día de golf, que Takada practicaba. De hecho, a la vuelta de Mondragón pararon en Larrabea, para conocer el campo y tirar unas bolas. Takada, compró unos zapatos de golf y regalo otros a Ishiwata. La noche resultó “toledana” para Takada, quizás la cena, en plan de pinchos y buen jamón ibérico, rociado con vino y el buen humor que tenía, le hizo pasarse; al día siguiente estaba bastante hecho polvo, golf suspendido, de descansar y recuperarse nada, a trabajar. Aguantó el día con tés y galletitas. Para la cena sus acompañantes dijeron que tenía que ser ligera y sin grasas. Fue en el Portalón, le pedimos una cola de merluza hervida, sin más. Cuando la sirvieron tenía la típica chorretada de aceite y ajos, me metí en medio y les dije que tenía que ser sin aceite (en Japón toman poca grasa), se disponían a cambiarla, después de decir que iba a estar muy sosa. Takada percibió el sentido de la conversación y a la vista de la apetitosa merluza dijo algo en japonés, que fui capaz de entender sin traducción: “no te metas, yo decido lo que como y este pescado me lo voy a comer tal cual”. Estaba claro que se había recuperado y, para pavor de sus acompañantes, bebió vino, lo que quiso. A él le iba a decir alguien lo que tenía que hacer.

Por lo demás la visita fue gratificante y motivante para nosotros y satisfactoria para ellos, que se lo pasaron bien en todas las actividades. También en eso marcamos diferencias con nuestros colegas europeos. Nosotros vamos a recogerlos y llevarlos al aeropuerto y hacemos los planes en conjunto con ellos, sabemos que prefieren (los japoneses) actividades y restaurantes sencillos, sin muchos manteles y cubiertos, eso sí con buen producto. Eso lo tenemos fácil.

Todavía queda una anécdota del día de la despedida. Fuimos a acompañarlos al aeropuerto de Bilbao y comimos allí, iban camino de Londres. En la comida, casi al final, sucedió algo, yo no lo recuerdo, pero el presidente Maruyama me lo recuerda cada vez que hablo con él. Se suscito un tema respecto del que tuve una opinión contraria a la de Takada. Según Maruyama a Takada no le gustó y en un gesto de cierta rabia se le cayó una copa de vino, enterita; que fue a derramarse sobre Maruyama, con epicentro en su bragueta. Acudieron las camareras a limpiar la mesa y tratar de ayudar a Maruyama, pero se refrenaron ante el lugar donde se veía la mancha. Unos minutos más tarde embarcaron, Maruyama siempre dice que fue con todo el pantalón húmedo y manchado, pero que, en compensación, estuvo disfrutando de los efluvios de un buen vino.

A pesar de todo un balance totalmente positivo de la visita, éramos diferentes.

 

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